Arianna y su voluntariado en el pueblo de Santa Maria del Campo (Burgos)

28 mayo 2020 laura

ESC (European Solidarity Corps) es un programa de la Unión Europea que promueve el valor de la solidaridad a través del voluntariado. En mi caso, mi voluntariado europeo empezó el primero de agosto y debería haber durado 11 meses. En mi proyecto, desarrollado en el ámbito rural, trabajaba con niños y ancianos.

Con las personas mayores generalmente lo hacía por la mañana, jugando al bingo o haciendo manualidades que estimulan el cerebro; luego, recogía los chavales del colegio y hacía actividades con ellos, como inglés, deberes, zumba, juegos y lectura. En el voluntariado está incluido también un proyecto personal. El mío era un curso de defensa personal destinado a mujeres y a niños, que me dio mucha satisfacción. Pude realizarlo gracias a Cristian, mi maestro de artes marciales. Sin sus consejos y la experiencia que adquirí el año pasado con los pequeños, no habría podido hacer nada de este tema.

De todas las experiencias que he tenido en mi vida, esta ha sido la más importante que he experimentado. Y, como todo los riesgos que se toman en la vida, no siempre ha sido sencillo. Hubo muchos momentos difíciles, pero estoy muy agradecida por haberlos vivido, porque me han permitido crecer como persona y adquirir nuevos conocimientos. Ahora que estoy a punto de hacer mi maleta, lo que voy a poner dentro son solo los recuerdos bonitos.

Nunca me olvidaré de las cenas con mi coordinadora, Beatriz, y su marido, Karra, riendo, llorando y jugando. Ella tuvo mucha paciencia conmigo. Cada vez que tenía un problema siempre me ayudaba dándome consejos preciosos no solo sobre trabajo, sino también sobre vida. Cuando llegué a España no sabía ni una palabra de castellano y me ayudó dándome clases. Karra me enseñó mucho de la historia de la provincia de Burgos y, en particular, de Santa María, y me ayudó a entender la mentalidad de la gente del pueblo. Sin embargo, la primera persona que me ayudó fue Vivien, mi compañera del voluntariado. Sin ella, especialmente al principio, habría sido todo mucho más difícil, siendo para mí la primera experiencia en el extranjero y, sobre todo, debido al tema del idioma, que nunca había estudiado.

Nunca me olvidaré de la sonrisa de Leonor, una anciana de la residencia que, desafortunadamente, falleció en los primeros días de enero. Era muy raro verla sonreír, pero, un día, nuestra tutora estaba muy ocupada y nos pidió a Vivien y a mí que entretuviéramos a los ancianos como quisiéramos. Para mí fue la primera vez que estaba sola con ellos. Nos pusimos todos en círculo, cantando un poco primero y, luego, jugando con una pelota, de repente, apareció una sonrisa en la cara de Leo que nos alegró a todos.

Echaré de menos los llantos de Abundia, una señora que cumplió 99 años a finales de febrero, las quejas de Felicísima, los insultos de Mercedes, la gula para las piruletas de Eliecer o todas las veces que, preguntando a Teodora, de 97 años, si quería jugar al bingo, contestaba: “¡No, no puedo! ¡He ido al banco y me han dicho que no me dan dinero!”.

Nunca me olvidaré del día de mi cumpleaños. Ya había empezado la cuarentena, pero, afortunadamente, era el primer día en que los niños podían salir de casa una hora. Podían aprovecharlo para jugar, pero en vez de eso decidieron quitarle minutos al juego para venir debajo de mi casa y para cantarme el “cumpleaños feliz”. Incluso prepararon notas y regalos. Paradójicamente, fue el mejor cumpleaños de mi vida. Aunque no pude recibir abrazos y besos, todas las personas importantes para mí hicieron un esfuerzo muy grande para que me lo pasase bien. Y fue así.

Cada voluntario tiene que participar en dos formaciones, una al principio del proyecto y otra en la mitad del proyecto. Gracias a esta oportunidad conseguí conocer a mucha gente con personalidades diferentes y únicas, y algunas de estas personas siempre se quedarán en mi memoria. Espero encontrarme otra vez con ellas.

Ha sido muy duro tener que terminar mi voluntariado tres meses antes de tiempo sin tener la oportunidad de decir adiós, pero he prometido que, cuando se acabe este momento de crisis, volveré al pueblo a visitarlos, con la esperanza de que se acuerden de mí.Durante el confinamiento he aprendido la importancia del contacto humano. Nunca había sido una persona afectuosa, pero, durante los momentos difíciles, un abrazo puede ayudar. He aprendido a prever un momento triste y a intentar evitarlo haciendo cosas y manteniéndome ocupada. Durante la Fase 0, mandaba vídeos de defensa y cocina para los niños, seguía con clases de español, daba clases de italiano e incluso aprendí un poco de húngaro. La parte más dificil fue la Fase 1, porque podía salir de casa y saludar a los chavales, pero si se acercaban para abrazarme tenía que alejarlos. Quiero agradecer esta oportunidad a Beatriz y a Laura, de la Asociación Brújula Intercultural, por haberme dado la posibilidad de participar en esta experiencia. Sin ellas no habría vivido todas las cosas que he escrito que me han permitido vivir a tope y ampliar mis valores.

Y, sin duda alguna, quiero hacer un agradecimiento con todo mi corazón a mis padres y a mi hermana. Siempre me han dejado vivir mi vida con mucha libertad, que experimentase y, si hacía falta, que me equivocase, apoyándome y aconsejándome, también cuando no lo merecía o cuando les decepcionaba.

Arianna Lazzini

ASOCIACIÓN BRÚJULA INTERCULTURAL

“Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”