A principios de marzo tuve la oportunidad de participar en el Training course Erasmus+ de Permacultura Social organizado por Brújula Intercultural, en el que participamos jóvenes de distintos países de la Unión Europea con interés en aprender cómo funcionan los grupos y cómo podemos ser mejores facilitadorxs. Esta experiencia me permitió aprender y reflexionar sobre diversas cuestiones, que intentaré reflejar aquí.
Durante siete días convivimos personas con perfiles muy diversos en cuanto a nacionalidad, edad, trayectorias vitales y motivaciones para participar en el curso. También con formas distintas, y en ocasiones contradictorias, de entender el mundo. Esta diversidad me llevó a pensar en cómo la sociedad en realidad es un reflejo de las dinámicas que se generan en grupos pequeños, como el que se formó en Villalibado en marzo.
Los primeros días prestaba mucha atención, casi exclusivamente, al contenido del curso, ya que la idea de adaptar los principios de la permacultura a los grupos sociales me llamaba mucho la atención. Me interesaba este enfoque ya que la permacultura, más allá de su origen formal en Australia, se inspira y nutre de saberes procedentes de distintas cosmovisiones y, por lo tanto, propone formas de entender las relaciones sociales más allá del individualismo característico del sistema capitalista en el que vivimos.
Sin embargo, con el paso de los días empecé a observar con más detenimiento al propio grupo con el que estaba compartiendo la experiencia. Me fui dando cuenta de cómo interactuaba yo misma con personas nuevas y de las dinámicas grupales que iban surgiendo. En este sentido, me gustó mucho ver la forma en la que el grupo fue desarrollando poco a poco un clima de confianza, aprecié el esfuerzo que poníamos en tratar de encontrar esos puntos comunes que nos unían, a pesar de las dificultades de comunicarnos en una lengua que no era materna para la mayoría.
Disfruté mucho de la diversidad cultural, gastronómica, lingüística y social que enriquece tanto a Europa. De hecho, este tipo de encuentros refuerzan mi convicción de que la UE –siendo también muy crítica con sus contradicciones– puede ser buen ejemplo de cómo deberían construirse las relaciones sociales, políticas y culturales entre personas y países diferentes: desde el respeto y la celebración de las diversidades, dotando de sentido real y contenido a su conocido lema “Unida en la diversidad”.
En definitiva, considero que la propuesta formativa fue muy valiosa porque los contenidos del curso se enriquecieron de la propia experiencia de convivencia de un grupo de jóvenes que, durante una semana, convivimos en un pequeño pueblito semiabandonado de la zona rural de Burgos.
Por último, a nivel personal, me quedo con la sensación de que todavía hay razones para la esperanza, de que existen muchas personas que desde su cotidianeidad contribuyen a construir un mundo más justo y, por lo tanto, mejor. Y, en medio de este contexto global tan pesimista, me siento profundamente agradecida de que la experiencia en Villalibado me haya permitido pensar, sentir, reír, (des)aprender y, sobre todo, me haya recodado que “la utopía sirve para caminar”.
Daniela



