El voluntariado de Csenge en Ábrego

19 octubre 2026 laura

Mi decisión de ir de voluntariado no fue algo planeado. Conocía el programa CES/ ESC y muchos de mis amigos habían participado en uno, pero ninguna de las oportunidades que encontré parecía encajar realmente conmigo. Hasta que descubrí Ábrego.
Fue, en muchos sentidos, una afortunada coincidencia de circunstancias. Ya había participado anteriormente en un intercambio juvenil organizado por Brújula y, conociendo su dedicación a los jóvenes y a los intercambios internacionales, confiaba en que un proyecto supervisado por ellas sería significativo. Además, por haber vivido en España tenía ganas de regresar a sus tierras. Especialmente, el entorno rural de Burgos era una de los paisajes que siempre me habían atraído.

Así que, cuando descubrí esta oportunidad, pensé de forma natural: ¿qué tenía que perder?

Llegada a Burgos

Llegué a finales de enero y Burgos, fiel a su reputación de ser una de las ciudades con las temperaturas más bajas de España, me recibió con mucho frío y viento. Sin embargo, me reconfortaba la ilusión de volver a España y unirme a una asociación dedicada al desarrollo rural y a la educación ambiental, dos ámbitos que me resultaban muy interesantes. Lo que aún no sabía era cuánto más encontraría por el camino.

Una de las primeras cosas que me atrajo de Ábrego fue su forma de crear vínculos significativos. Ábrego había tejido una enorme red de personas interesadas en temas muy diversos, como la participación comunitaria, la permacultura, la agricultura regenerativa, la música y, en esencia, cualquier cosa capaz de hacer que una comunidad sea dinámica, autosuficiente y esté llena de vida. Este espíritu trascendía la propia asociación. La oficina de Ábrego se encuentra justo encima de un comercio local, El Granero, coordinado por amigos de la asociación. La tienda vende productos de productores locales y pequeñas empresas de toda Castilla y León (y más allá), al tiempo que organiza conciertos y otros eventos que reúnen a la gente.

A medida que empecé a visitar diferentes pueblos de Burgos gracias a mis actividades del CES, fui constatando personalmente estas conexiones. Al cabo de unos meses, resultaba especialmente gratificante reconocer en las estanterías del Granero productos que había descubierto previamente en algún pueblo pequeño y asociarlo con uno de mis recuerdos del voluntariado: por ejemplo, después de la Fiesta de las Charangas encontrar un bote de sal de Poza de la Sal. Un producto que viajaba del pueblo a la ciudad, llevando consigo un pequeño fragmento de su lugar de origen. Había algo bonito en esto; el campo y la ciudad ya no se percibían como mundos separados, sino como partes de una misma red.

Descubriendo mis propias ideas

A medida que me familiarizaba con Ábrego y su forma de trabajar, me llamó especialmente la atención su apertura a nuevas ideas y a cualquier iniciativa que pudiera enriquecer a la comunidad.

Había llegado con un documento lleno de ideas inspiradas en proyectos comunitarios en los que había participado en Hungría: desde un pódcast rural y un club ecofeminista hasta la construcción de hoteles para insectos en Burgos. Si hubiéramos contado con el tiempo y los recursos necesarios, estoy segura de que el equipo de Ábrego me habría apoyado para llevar a cabo cada una de ellas.

Gracias a esta confianza e interés por los proyectos, en Ábrego recibí el espacio para poner muchas de ellas en práctica. Durante mi estancia, tuve la oportunidad de desarrollar dos proyectos personales: un taller para explorar valores desde una perspectiva ecofeminista y una caminata de conexión con la naturaleza basada en la psicología ambiental. Y, por supuesto, pude colaborar en otros proyectos de Ábrego: desde iniciativas de prevención de riesgos de incendios hasta sesiones sobre sostenibilidad en escuelas o talleres para poner en valor las tradiciones locales de los pueblos.

A través de estas actividades, fui descubriendo poco a poco las múltiples facetas del desarrollo rural, y la importancia de crear comunidad.

Más allá de mi organización de acogida.

Uno de los aspectos maravillosos del voluntariado CES es que la experiencia no tiene por qué limitarse a la organización de acogida. Una vez allí, pueden abrirse otras puertas.

Durante mi voluntariado, tuve la oportunidad de colaborar en dos proyectos de Brújula: un curso de formación sobre permacultura social y un intercambio juvenil centrado en sistemas alimentarios sostenibles. Gracias a las conexiones que hice en Ábrego, también pude alojarme en Valmayor, una pequeña ecoaldea de tan solo cinco habitantes. Allí pude experimentar la vida en la tranquilidad de una valle rodeada de montañas, así como la realidad de vivir en el campo, donde el trabajo duro y los momentos auténticos y genuinos muchas veces conviven.

Y, tal vez lo más importante, estaban todas las personas maravillosas que conocí y con las que compartí el camino, quienes transformaron lugares desconocidos en algo que se sentía como un hogar.

ARTIM. Una burbuja dentro de la burbuja

A medida que avanzaba mi estancia con Ábrego, la experiencia culminó en su gran encuentro rural: ARTIM. ARTIM es un festival alternativo que se celebra en Espinosa de los Monteros y ofrece cursos y talleres sobre una gran variedad de temas, desde agricultura regenerativa y micología hasta danza, teatro, tradiciones ancestrales y bioconstrucción… ¡y muchos más! Al caer la tarde, el aprendizaje daba paso a la música y las actuaciones, reuniendo a todas en una celebración diferente.
ARTIM fue especial para mí porque, durante una semana, muchas ideas que hasta entonces eran mayormente conceptos (como el decrecimiento, el ecofeminismo o una vida más conectada con la tierra) se hicieron tangibles. Estaban presentes en la construcción conjunta del festival desde cero, en las conversaciones, los talleres, la música y, sencillamente, en la convivencia en los bosques del albergue de Espinosa. A la vez que pude aprender mucho sobre la organización de un festival, sentí como si me hubieran transportado temporalmente a una realidad distinta, una que me demostró que algunas de las cosas que valoro pueden llevarse a la práctica, y no quedarse solo en la teoría.

Mirando atrás

Al echar la vista atrás, quizá esto sea lo que más me llevo de mi tiempo con Ábrego: no un taller, un pueblo o un evento en particular, sino las conexiones entre ellos.
Personas, lugares, ideas, tradiciones y proyectos se entrecruzaban constantemente, creando algo mucho mayor de lo que cualquiera de ellos habría sido por sí solo. Llegué buscando una oportunidad de voluntariado que resultara significativa. Por el camino, descubrí toda una red de personas e ideas que me aportó una visión mucho más amplia de lo que puede ser el trabajo comunitario con sentido, además de plantearme muchas más preguntas sobre dónde podría encontrar mi propio lugar en él.
Como llamó la atención tan poéticamente mi maravilloso compañero voluntario Matteo en su artículo al origen de su nombre, Ábrego es como se llama el viento del sureste que llega desde el océano y trae lluvias abundantes. Yo puedo decir: no sé adónde me llevará el viento a continuación. Pero, vaya donde vaya, estaré agradecida de haberme dejado llevar, durante un tiempo, por el viento de Ábrego.

Csenge

ASOCIACIÓN BRÚJULA INTERCULTURAL

“Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”